Dos manos y dos imaginarios convergen en un mismo plano. El trazo se vuelve insistente, casi obsesivo, y la acumulación de elementos desborda cualquier lectura inmediata. La mirada busca ordenar, reconocer, atribuir; sin embargo, la imagen se resiste. En esa imposibilidad surge una sensación de vértigo: no hay un punto fijo, no hay una forma definitiva. |